Cuando Clara llegó, la lluvia había borrado los edificios al otro lado de la calle. Encontró a Miguel en la cocina, inmóvil ante dos ollas y una receta abierta en el móvil.

El restaurante había cancelado la reserva. Miguel quería salvar la noche, pero había quemado el ajo y el plato no se parecía a la fotografía.

El plan que salió mal

Clara sacó dos huevos, un tomate y el último trozo de queso. —Cenaremos lo que la casa nos permita —propuso. Prepararon una tortilla torcida y llevaron el pan a la mesa junto a la ventana.

No recordaban la última vez que se habían sentado allí sin ordenadores, facturas o tareas entre los dos.

La pregunta olvidada

Miguel contó que dormía mal. Clara confesó que echaba de menos hablar sin que cada frase tuviera que terminar en una decisión. Extendieron las manos sobre la mesa y dejaron que el silencio hiciera lo que las respuestas no podían.

Acordaron cenar allí todos los miércoles, aunque solo hubiera pan, huevos y veinte minutos disponibles.