La lista en la puerta de la nevera

Tereza escribía la lista de la compra todos los viernes, con la misma letra menuda, sujeta a la puerta de la nevera con el imán de piña. Arroz, café, jabón, plátanos. En treinta y dos años de matrimonio, Alberto había aprendido a leer aquella lista como quien lee el tiempo: sin dramas, solo para saber qué se avecinaba.

Aquel viernes, sin embargo, se detuvo ante ella más de lo habitual. Entre el café y el jabón, con la misma letra menuda, había una línea nueva: «Una tarde entera contigo».

Alberto se rio solo y luego se puso serio. Miró hacia el pasillo. Tereza trasteaba con una planta en la terraza, de espaldas, fingiendo no esperar nada.

Respuesta en letra torcida

Cogió el bolígrafo colgado de un cordel y, debajo de la línea de ella, escribió con la letra torcida de quien nunca ha tenido prisa: «Hecho. Yo llevo el pan».

No dijeron nada durante la cena. Hablaron del vecino, del grifo que goteaba, del nieto que llamó para pedir dinero prestado. Pero cuando Tereza fregó los platos, Alberto notó que tarareaba bajito, algo que no hacía desde hacía años.

El sábado salieron sin destino. Cogieron el autobús equivocado a propósito y se bajaron en una plaza que ninguno de los dos conocía. Tomaron café de pie, compartieron una empanadilla y discreparon sobre qué banco tenía la mejor sombra. Se sentaron en el que eligió Tereza, claro.

Lo que guardaba la lista

En algún momento de la tarde, Alberto confesó que la echaba de menos, aunque vivieran en la misma casa. No su presencia, explicó, sino su atención. «Andamos tan ocupados en atender las cosas que nos hemos olvidado de atendernos el uno al otro», dijo, un poco torpe.

Tereza tardó en responder. Cuando lo hizo, solo dijo: «Por eso lo escribí en la lista. Decirlo en voz alta me daba vergüenza».

Se rieron los dos, de una manera que hacía mucho que no se reían. No prometieron cambiar de vida ni inventar rituales. Solo acordaron que, cada viernes, habría una línea más en la lista: una invitación pequeña, sin presión, que el otro podía aceptar o proponer cambiar por otro día.

El viernes siguiente

El viernes siguiente, Alberto volvió de la panadería y encontró la lista de nuevo en la nevera. Arroz, café, jabón, plátanos. Y, al final, con letra menuda: «Escuchar aquel disco antiguo».

Cogió el bolígrafo del cordel. Dudó un segundo, sonriendo. Después escribió debajo: «Y bailar en la cocina, si nadie nos mira».

Al otro lado de la casa, Tereza oyó su risa baja y sonrió también, sin necesidad de preguntar el motivo.